
Pero al llegar al último de los castillos, que en nada parecía
diferenciarse de los anteriores, descubrieron un interior precioso,
primorosamente cuidado y adornado, lleno de luz y color. Podía incluso
oírse una bella música de fondo, como si se tratara de un lugar mágico. Y
cuando corrieron a rescatar a la princesa de su alcoba en la torre más
alta, como habían hecho con las demás, no la encontraron allí. La
buscaron por todas partes hasta que siguiendo la mágica melodía, fueron a
parar a una pequeña salita. No encontraron en ella nada más mágico que
una alegre princesa tocando un arpa con gran destreza.
Nada desconcertó tanto a los caballeros como la actitud entusiasmada y
alegre de la joven. Era culta, ingeniosa, elegante y con un especial
don para las artes, y al contrario que el resto de princesas, en quienes
el efecto de su encierro era bien visible, esta última parecía haber
vivido una vida mucho más activa e interesante. Pero tras mucho
preguntar e indagar, los caballeros concluyeron que había estado tan
encerrada y solitaria como todas las demás.
Extrañados, recorrieron el palacio buscando una explicación, hasta
llegar a la biblioteca. Faltaban muchísimos libros, y sólo entonces se
dieron cuenta del motivo: el castillo entero estaba lleno libros. Sobre
cada mesa y cada mueble era fácil encontrar algún libro. ¡La princesa no
dejaba de leer! Y así había podido aprender y vivir tantas cosas que
parecía que nunca hubiera llegado a estar encerrada, viviendo su
encierro entre múltiples actividades que nunca dejaron paso al
aburrimiento.
El viaje de vuelta fue un viaje extraño. Salvo ésta última, las demás
princesas resultaron tan sosas y aburridas, que ninguno de los
caballeros pudo corresponder su amor. Al contrario, todos ellos estaban
prendados del encanto de la joven Clara, quien sin dejarse llevar por el
brillo de las hazañas y las armaduras, pudo elegir su amor verdadero
mucho tiempo después. Pero eso, es otra historia.
Autor.. Pedro Pablo Sacristán
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