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miércoles, 30 de junio de 2021

El zapatero y los duendes

Cuento Zapatero Duendes

 Érase una vez un zapatero al que no le iban muy bien las cosas y ya no sabía qué hacer para salir de la pobreza.

Una noche la situación se volvió desesperada y le dijo a su mujer:

– Querida, ya no me queda más que un poco de cuero para fabricar un par de zapatos. Mañana me pondré a trabajar e intentaré venderlo a ver si con lo que nos den podemos comprar algo de comida.

– Está bien, cariño, tranquilo… ¡Ya sabes que yo confío en ti!

Colocó el trocito de cuero sobre la mesa de trabajo y fue a acostarse.

Se levantó muy pronto, antes del amanecer, para ponerse manos a la obra, pero cuando entró en el taller se llevó una sorpresa increíble. Alguien, durante la noche, había fabricado el par de zapatos.

Asombrado, los cogió y los observó detenidamente. Estaban muy bien rematados, la suela era increíblemente flexible y el cuero tenía un lustre que daba gusto verlo ¡Sin duda eran unos zapatos perfectos, dignos de un ministro o algún otro caballero importante!

– ¿Quién habrá hecho esta maravilla?… ¡Son los mejores zapatos que he visto en mi vida! Voy a ponerlos en el escaparate del taller a ver si alguien los compra.

Afortunadamente, en cuanto los puso a la vista de todos, un señor muy distinguido pasó por delante del cristal y se encaprichó de ellos inmediatamente. Tanto le gustaron que no sólo pagó al zapatero el precio que pedía, sino que le dio unas cuantas monedas más como propina.

¡El zapatero no cabía en sí de gozo! Con ese dinero pudo comprar alimentos y cuero para fabricar no uno, sino dos pares de zapatos.

Esa noche, hizo exactamente lo mismo que la noche anterior. Entró al taller y dejó el cuero preparado junto a las tijeras, las agujas y los hilos, para nada más levantarse, ponerse a trabajar.

Se despertó por la mañana con ganas de coser, pero su sorpresa fue mayúscula cuando de nuevo, sobre la mesa, encontró dos pares de zapatos que alguien había fabricado mientras  él dormía. No sabía si era cuestión de magia o qué, pero el caso es que se sintió tremendamente afortunado.

Sin perder ni un minuto, los puso a la venta. Estaban tan bien rematados y lucían tan bonitos en el escaparate, que se los quitaron de las manos en menos de diez minutos.

Con lo que ganó compró piel para fabricar cuatro pares y como cada noche, la dejó sobre la mesa del taller. Una vez más, por la mañana, los cuatro pares aparecieron bien colocaditos y perfectamente hechos.

Y así día tras día, noche tras noche, hasta el punto que el zapatero comenzó a salir de la miseria y a ganar mucho dinero. En su casa ya no se pasaban necesidades y tanto él como su esposa comenzaron sentir que la suerte estaba de su parte ¡Por fin la vida les había dado una oportunidad!

Pasaron las semanas y llegó la Navidad. El matrimonio disfrutaba de la deliciosa y abundante  cena de Nochebuena cuando la mujer le dijo al zapatero:

– Querido ¡mira todo lo que tenemos ahora! Hemos pasado de ser muy pobres a vivir cómodamente sin que nos falte de nada, pero todavía no sabemos quién nos ayuda cada noche ¿Qué te parece si hoy nos quedamos espiando para descubrirlo?

– ¡Tienes razón! Yo también estoy muy intrigado y sobre todo, agradecido. Esta noche nos esconderemos  dentro del armario que tengo en el taller a ver qué sucede.

Así lo hicieron. Esperaron durante un largo rato, agazapados en la oscuridad del ropero, dejando la puerta  un poco entreabierta. Cuando dieron las doce en el reloj, vieron llegar a dos pequeños duendes completamente desnudos que, dando ágiles saltitos, se subieron a la mesa donde estaba todo el material.

En un periquete se repartieron la tarea y comenzaron a coser sin parar. Cuando terminaron los zapatos, untaron un trapo con grasa y los frotaron con brío hasta que quedaron bien relucientes.

A través de la rendija el matrimonio observaba la escena con la boca abierta ¡Cómo iban a imaginarse que sus benefactores eran dos simpáticos duendecillos!

Esperaron a que se fueran y la mujer del zapatero exclamó:

– ¡Qué seres tan bondadosos! Gracias a su esfuerzo y dedicación hemos levantado el negocio y vivimos dignamente. Creo que tenemos que recompensarles de alguna manera y más siendo Navidad.

– Estoy de acuerdo, pero… ¿cómo podemos hacerlo?

– Está nevando y van desnudos ¡Seguro que los pobrecillos pasan mucho frío! Yo podría hacerles algo de ropa para que se abriguen bien ¡Recuerda que soy una magnífica costurera!

– ¡Qué buena idea! Seguro que les encantará.

La buena señora se pasó la mañana siguiente cortando pequeños pedazos de tela de colores, hilvanando y cosiendo, hasta que terminó la última prenda. El resultado fue fantástico: dos pantalones, dos camisas y dos chalequitos monísimos para que los duendes mágicos pasaran el invierno calentitos.

Al llegar la noche dejó sobre la mesa del taller, bien planchadita, toda la ropa nueva, y después  corrió a esconderse en el ropero junto a su marido ¡Esta vez querían ver sus caritas al descubrir el regalo!

Los duendes llegaron puntuales, como siempre a las doce de la noche. Dieron unos brincos por el taller, se subieron a la mesa del zapatero,  y ¡qué felices se pusieron cuando vieron esa ropa tan bonita y colorida!

Alborozados y sin dejar de reír, se vistieron en un santiamén y se miraron en un espejo que estaba colgado en la pared  ¡Se encontraron tan guapos que comenzaron a bailar y a abrazarse locos de contento!

Después, viendo que esa noche no había cuero sobre la mesa y que por tanto ya no había zapatos que fabricar, salieron por la ventana para no regresar jamás.

El zapatero y su mujer fueron muy felices el resto de su vida pero jamás olvidaron que todo se lo debían a dos duendecillos fisgones que un día decidieron colarse en su taller para fabricar un par de hermosos  zapatos.

Cuentos cortos

Juan sin miedo

Cuento Juan Sin Miedo

Érase una vez un hombre que tenía dos hijos totalmente distintos. Pedro, el mayor, era un chico listo y responsable, pero muy miedoso. En cambio su hermano pequeño, Juan, jamás tenía miedo a nada, así que en la comarca todos le llamaba Juan sin miedo.

A Juan no le daban miedo las tormentas, ni los ruidos extraños, ni escuchar cuentos de monstruos en la cama. El miedo no existía para él. A medida que iba creciendo, cada vez tenía más curiosidad sobre qué era sentir miedo porque él nunca había tenido esa sensación.

Un día le dijo a su familia que se iba una temporada para ver si conseguía descubrir lo que era el miedo. Sus padres intentaron i

 Metió algunos alimentos y algo de ropa en una mochila y echó a andar. Durante días recorrió diferentes lugares, comió lo que pudo y durmió a la intemperie, pero no hubo nada que le produjera miedo.

Una mañana llegó a la capital del reino y vagó por sus calles hasta llegar a la plaza principal, donde colgaba un enorme cartel firmado por el rey que decía:

“Se hace saber que al valiente caballero que sea capaz de pasar tres días y tres noches en el castillo encantado, se le concederá la mano de mi hija, la princesa Esmeralda”

Juan sin miedo pensó que era una oportunidad ideal para él. Sin pensárselo dos veces, se fue al palacio real y pidió ser recibido por el mismísimo rey en persona.  Cuando estuvo frente a él, le dijo:

– Señor, si a usted le parece bien, yo estoy decidido a pasar tres días en ese castillo. No le tengo miedo a nada.

– Sin duda eres valiente, jovenzuelo. Pero te advierto que muchos lo han intentado y hasta ahora, ninguno lo ha conseguido – exclamó el monarca.

– ¡Yo pasaré la prueba! – dijo Juan sin miedo sonriendo.

Juan sin miedo, escoltado por los soldados del rey, se dirigió al tenebroso castillo que estaba en lo alto de una montaña escarpada. Hacía años que nadie lo habitaba y su aspecto era realmente lúgubre.

Cuando entró, todo estaba sucio y oscuro. Pasó a una de las habitaciones y con unos tablones que había por allí, encendió una hoguera para calentarse. Enseguida, se quedó dormido.

Al cabo de un rato, le despertó el sonido de unas cadenas ¡En el castillo había un fantasma!

– ¡Buhhhh, Buhhhh! – escuchó Juan sobre su cabeza – ¡Buhhhh!

– ¿Cómo te atreves a despertarme?- gritó Juan enfrentándose a él. Cogió unas tijeras y comenzó a rasgar la sábana del espectro, que huyó por el interior de la chimenea hasta desaparecer en la oscuridad de la noche.

Al día siguiente, el rey se pasó por el castillo para comprobar que Juan sin miedo estaba bien. Para su sorpresa, había superado la primera noche encerrado y estaba decidido a quedarse y afrontar el segundo día. Tras unas horas recorriendo el castillo, llegó la oscuridad y  por fin, la  hora de dormir. Como el día anterior, Juan sin miedo encendió una hoguera para estar calentito y en unos segundos comenzó a roncar.

De repente, un extraño silbido como de lechuza le despertó. Abrió los ojos y vio una bruja vieja y fea que daba vueltas y vueltas a toda velocidad subida a una escoba. Lejos de acobardarse, Juan sin miedo se enfrentó a ella.

– ¿Qué pretendes, bruja? ¿Acaso quieres echarme de aquí? ¡Pues no lo conseguirás! – bramó. Dio un salto, agarró el palo de la escoba y empezó a sacudirlo con tanta fuerza que la bruja salió disparada por la ventana.

Cuando amaneció, el rey pasó por allí de nuevo para comprobar que todo estaba en orden. Se encontró a Juan sin miedo tomado un cuenco de leche y un pedazo de pan duro relajadamente frente a la ventana.

– Eres un joven valiente y decidido. Hoy será la tercera noche. Ya veremos si eres capaz de aguantarla.

– Descuide, majestad ¡Ya sabe usted que yo no le temo a nada!

Tras otro día en el castillo bastante aburrido para Juan sin miedo, llegó la noche. Hizo como de costumbre una hoguera para calentarse y se tumbó a descansar. No había pasado demasiado tiempo cuando una ráfaga de aire caliente le despertó. Abrió los ojos y frente a él vio un temible dragón que lanzaba llamaradas por su enorme boca. Juan sin miedo se levantó y le lanzó una silla a la cabeza. El dragón aulló de forma lastimera y salió corriendo por donde había venido.

– ¡Qué pesadas estas criaturas de la noche! – pensó Juan sin miedo- No me dejan dormir en paz, con lo cansado que estoy.

Pasados los tres días con sus tres noches, el rey fue a comprobar que Juan seguía sano y salvo en el castillo. Cuando le vio tan tranquilo y sin un solo rasguño, le invitó a su palacio y le presentó a su preciosa hija. Esmeralda, cuando le vio, alabó su valentía y aceptó casarse con él. Juan se sintió feliz, aunque en el fondo, estaba un poco decepcionado.

– Majestad, le agradezco la oportunidad que me ha dado y sé que seré muy feliz con su hija, pero no he conseguido sentir ni pizca de miedo.

Una semana después, Juan y Esmeralda se casaron. La princesa sabía que su marido seguía con  el anhelo de llegar a sentir miedo, así que una mañana, mientras dormía, derramó una jarra de agua helada sobre su cabeza. Juan pegó un alarido y se llevó un enorme susto.

– ¡Por fin conoces el miedo, querido! – dijo ella riendo a carcajadas.

– Si – dijo todavía temblando el pobre Juan- ¡Me he asustado de verdad! ¡Al fin he sentido el miedo! ¡Ja ja ja! Pero no digas nada a nadie…. ¡Será nuestro secreto!

La princesa Esmeralda jamás lo contó, así que el valeroso muchacho siguió siendo conocido en todo el reino como Juan sin miedo.

Cuentos cortos 

martes, 22 de junio de 2021

Un papá muy duro

Cuento para evitar el bullying y entender la fortaleza

 Ramón era el tipo duro del colegio porque su papá era un tipo duro. Si alguien se atrevía a desobedecerle, se llevaba una buena.

Hasta que llegó Víctor. Nadie diría que Víctor o su padre tuvieran pinta de duros: eran delgaduchos y sin músculo. Pero eso dijo Víctor cuando Ramón fue a asustarle.

- Hola niño nuevo. Que sepas que aquí quien manda soy yo, que soy el tipo más duro.

- Puede que seas tú quien manda, pero aquí el tipo más duro soy yo.

Así fue como Víctor se ganó su primera paliza. La segunda llegó el día que Ramón quería robarle el bocadillo a una niña.

- Esta niña es amiga del tipo más duro del colegio, que soy yo, y no te dará su bocadillo - fue lo último que dijo Víctor antes de empezar a recibir golpes.

Y la tercera paliza llegó cuando fue él mismo quien no quiso darle el bocadillo.

- Los tipos duros como mi padre y yo no robamos ¿y tú quieres ser un tipo duro? - había sido su respuesta.

Víctor seguía llevándose golpes con frecuencia, pero nunca volvía la cara. Su valentía para defender a aquellos más débiles comenzó a impresionar al resto de compañeros, y pronto se convirtió en un niño admirado. Comenzó a ir siempre acompañado por muchos amigos, de forma que Ramón cada vez tenía menos oportunidades de pegar a Víctor o a otros niños, y cada vez menos niños tenían miedo de Ramón. Aparecieron nuevos niños y niñas valientes  que copiaban la actitud de Víctor, y el patio del recreo se convirtió en un lugar mejor. Un día, a la salida, el gigantesco papá de Ramón le preguntó quién era Víctor.

- ¿Y este delgaducho es el tipo duro que hace que ya no seas quien manda en el patio? ¡Eres un inútil! ¡Te voy a dar yo para que te enteres de lo que es un tipo duro!

No era la primera vez que Ramón iba a recibir una paliza, pero sí la primera que estaba por allí el papá de Víctor para impedirla.

- Los tipos duros como nosotros no pegamos a los niños, ¿verdad? - dijo el papá de Víctor, poniéndose en medio. El papá de Ramón pensó en atizarle, pero observó que aquel hombrecillo delgado estaba muy seguro de lo que decía, y que varias familias estaban allí para ponerse de su lado. Además, después de todo, tenía razón, no parecía que pegar a los niños fuera propio de tipos duros.

Fue entonces cuando el papá de Ramón comprendió por qué Víctor decía que su padre era un tipo duro: estaba dispuesto a aguantar con valentía todo lo malo que le pudiera ocurrir por defender lo que era correcto. Él también quería ser así de duro, de modo que aquel día estuvieron charlando toda la tarde y se despidieron como amigos, habiendo aprendido que los tipos duros lo son sobre todo por dentro, porque de ahí surge su fuerza para aguantar y luchar contra las injusticias.

Y así, gracias a un chico que no parecía muy duro, Ramón y su papá, y muchos otros, terminaron por llenar el colegio de tipos duros, pero de los de verdad: esos capaces de aguantar lo que sea para defender lo que está bien.

domingo, 30 de mayo de 2021

El loro que pedía libertad




En la India todo el mundo conoce la historia de un loro muy peculiar que, por lo visto, tenía muchas ansias de ser libre. El pájaro en cuestión vivía con su dueño, un hombre mayor  de barba blanca y mirada cansada, que le cuidaba con cariño.

El animal era  un regalo que había recibido en su juventud, por lo que llevaban juntos casi media vida, haciéndose compañía el uno al otro. Dentro de la jaula, el loro tenía un comedero y agua siempre fresquita. Jamás había salido de ella y se limitaba a observar el mundo desde su pequeño hogar enrejado.

Un día, el anciano invitó a un amigo a tomar el té a su casa. Cuando llegó, se sentaron cómodamente junto al ventanal que daba al jardín ¡Qué relajante era contemplar los árboles en flor mientras disfrutaban de la rica bebida caliente y una animada charla!

De repente, el loro, que observaba con atención cada uno de sus movimientos, comenzó a gritar:

– ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

Los dos amigos ignoraron los agudos chillidos del pájaro y continuaron conversando, pero enseguida les interrumpió otra vez.

– ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

Nada… El loro no se callaba e insistía en que le dejaran libre. El invitado empezó a agobiarse y a sentir pena por el animalito allí encerrado ¡En el fondo era un ave y las aves gozan siendo libres y volando por el cielo!…

Durante toda la tarde, el loro siguió gritando como un loco. Cuando llegó hora la de despedirse, el anfitrión, muy cortésmente, acompañó a su invitado hasta la puerta. El hombre se alejó a paso rápido, pero parecía que los alaridos del loro le perseguían por el camino, tan fuertes que eran.

– ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

Por la noche no pudo dormir. Ese loro encerrado le daba mucha lástima y no podía quitarse la repetitiva cantinela de la cabeza.

¿Y si le ayudaba?…  El anciano era su amigo, pero por otra parte, no podía ignorar que el loro pedía auxilio desesperadamente. Si quería ser libre, tenía que hacer algo por él.

Decidió que al día siguiente iría de incógnito a la casa del viejo. Una vez allí, esperaría a que se fuera a hacer la compra diaria al mercado y, en cuanto se ausentara, entraría y liberaría al loro.

Tal como lo pensó, lo hizo. Se escondió tras un arbusto y, en cuanto su amigo salió, como siempre caminando a paso lento y ayudándose con un bastón para no caerse, se infiltró sigilosamente en la casa por una ventana abierta. Recorrió las habitaciones y por fin llegó hasta donde estaba el loro, que en ese momento dormía plácidamente.

El animal, en cuanto escuchó un ruidito, abrió el pico y comenzó  a vociferar.

– ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

¡No tenía otra opción! La insistencia del loro disipó todas sus dudas y se convenció a sí mismo de que lo que iba a hacer era lo correcto. Se acercó rápidamente a la jaula, sacó un alambre del bolsillo, lo introdujo en la cerradura y la puertecita se abrió de par en par.

Pero cuál sería su sorpresa cuando, el loro, en vez de aprovechar la oportunidad y lanzarse al vuelo para escapar, puso cara de espanto y  se agarró con fuerza a los barrotes como diciendo que no saldría ni de broma. Lo curioso del asunto, es que seguía chillando:

– ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

El hombre se quedó de piedra ¿Tanto pedir libertad y ahora no quiere salir?…

Inten color: #393f40; font-family: Montserrat, sans-serif; font-size: 14.4px; margin: 10px; padding: 0px 0px 0px 30px; text-align: justify;">– A este lorito miedoso le pasa lo mismo que a los seres humanos; hay muchas personas que tienen deseos de libertad, de ver mundo, de hacer cosas que siempre soñaron, pero están tan acostumbrados a las comodidades y a la seguridad del hogar que, a la hora de la verdad, se aferran a lo conocido y no tienen la valentía de probar.

Cerró de nuevo la pequeña puerta de la jaula y se fue por donde había venido, contento al menos de haberle dado la oportunidad de ser libre.,

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sábado, 29 de mayo de 2021

El niño y los clavos

 Había un niño que tenía muy mal carácter. Un día, su padre le dio una bolsa con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma, clavase un clavo en la cerca del patio de la casa. El primer día, el niño clavó 37 clavos. Al día siguiente, menos, y así el resto de los días. Él pequeño se iba dando cuenta que era más fácil controlar su genio y su mal carácter que tener que clavar los clavos en la cerca. Finalmente llegó el día en que el niño no perdió la calma ni una sola vez y fue alegre a contárselo a su padre. ¡Había conseguido, finalmente, controlar su mal temperamento! Su padre, muy contento y satisfecho, le sugirió entonces que por cada día que controlase su carácter, sacase un clavo de la cerca. Los días pasaron y cuando el niño terminó de sacar todos los clavos fue a decírselo a su padre.

Entonces el padre llevó a su hijo de la mano hasta la cerca y le dijo:

– “Has trabajo duro para clavar y quitar los clavos de esta cerca, pero fíjate en todos los agujeros que quedaron. Jamás será la misma. Lo que quiero decir es que cuando dices o haces cosas con mal genio, enfado y mal carácter dejas una cicatriz, como estos agujeros en la cerca. Ya no importa que pidas perdón. La herida siempre estará allí. Y una herida física es igual que una herida verbal. Los amigos, así como los padres y toda la familia, son verdaderas joyas a quienes hay que valorar. Ellos te sonríen y te animan a mejorar. Te escuchan, comparten una palabra de aliento y siempre tienen su corazón abierto para recibirte”.

Las palabras de su padre, así como la experiencia vivida con los clavos, hicieron con que el niño reflexionase sobre las consecuencias de su carácter. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

10 cuentos cortos para leer con niños - Etapa Infantil

sábado, 22 de mayo de 2021

El nacimiento de las tortugas

Cuento sobre la familia

Amanda estaba emocionadísima. Habían tenido que esperar muchos días, pero por fin, aquella noche nacerían las tortuguitas en la playa ¡y su papá le iba a  llevar a verlas! 

Se levantaron cuando aún era de noche, tomaron las linternas, y fueron a la playa con mucho cuidado. Su padre le había hecho prometer que respetaría a las tortugas bebé, y que no haría ruido y obedecería al momento, y ella estaba dispuesta casi a cumplir cualquier cosa con tal de poder ver cómo nacían las tortugas. No sabía muy bien cómo sería aquello, pero había oido a su hermano mayor, que las tortugas nacían en la playa a pocos metros del agua, y luego corrían hacia el mar; y todo eso le pareció muy emocionante.

Agazapados y sin hacer ruido, sólo con la pequeña luz de una linterna muy suave, estuvieron esperando. Amanda miraba a todas partes, esperando ver a la tortuga mamá, y casi se pierde la aparición de la primera tortuguita. ¡Era tan chiquitina! Se movía muy torpemente, se notaba que era un bebé, pero sin esperar ni a sus hermanos ni a la tortuga mamá comenzó a correr hacia el mar. Enseguida aparecieron más y más tortuguitas, y todas comenzaron a correr hacia la orilla.
Ellos seguían escondidos y quietos, observando el bello espectáculo de aquella carrera loca. Pero enseguida ocurrió algo que a Amanda le pareció horrible: llegaron algunas gaviotas y otras aves, y comenzaron a comerse algunas de las tortuguitas. Amanda seguía buscando por todas partes para ver si aparecía el papá tortuga y les daba una buena zurra a aquellos pajarracos, pero no apareció por ningún sitio. La niña siguió observando todo con una lagrimita en los ojos, y cuando por fin las primeras tortuguitas llegaron al agua y se pusieron a salvo de los pájaros, dió un gritito de alegría. Aunque los pajaros comieron bastantes tortuguitas, finalmente otras muchas consiguieron llegar a la orilla, lo que hizo muy feliz a Amanda.
Cuando volvían a casa, su papá, que había visto la lagrimita de Amanda, le explicó que las tortugas nacían así; mamá tortuga ponía muchos huevos, escondiéndolos en la arena, y luego se marchaba; y cuando nacían las tortuguitas debían tratar de llegar a la orilla por sus propios medios. Por eso nacían tantas, porque muchas se las comían otros animales, y no sólo en la arena, sino también en el agua. Y le explicó que las pocas que conseguían ser mayores, luego vivían muchísimos años.
Amanda se alegró mucho de aprender tanto sobre las tortugas, pero mientras volvía a casa, sólo podía pensar en lo contenta que estaba de tener una familia, y de que sus papás y sus hermanos la hubieran ayudado y cuidado tanto desde pequeñita.

miércoles, 31 de marzo de 2021

LEYENDA DEL CONEJITO DE PASCUA

 

“Había una vez un conejito que vivía en un cerro lleno de árboles de aceitunas. Todos los días venían muchos niños a jugar al cerro. Al conejito le encantaba oír la risa de los niños. Pero lo que más le gustaba al conejito era oír la voz del hombre joven que a veces jugaba con ellos. Cuando se cansaban se sentaban en redondo y el hombre joven les hablaba con esa voz tan dulce y hermosa que hacía suspirar al conejo. Entonces, se acercaba para oír mejor y algún niño pequeñito lo acariciaba mientras oían al amigo grande.

Cuando caía la tarde, los niños se levantaban para regresar a sus casas y entonces sus caras resplandecían con la misma bondad que brillaba en el amigo. Y el conejito se iba a su cueva con el corazón lleno de felicidad.
Cierta noche, Blanquito, que así se llamaba el conejo, sintió ruidos en su cerro, y como era curioso, corrió a ver de qué se trataba; tres hombres roncaban junto a unas piedras y más allá, sí: Estaba el Amigo Grande; corrió sin hacer ruido hasta donde se encontraba de rodillas Él. Pero se detuvo. La hermosa cara del Amigo reflejaba tanta pena, una aflicción tan grande; había miedo también en la expresión del Amigo Bueno. Blanquito hubiera querido consolarlo, pero como era sólo un pobre conejito blanco, se echó a llorar a mares, con todas sus fuerzas, sintiendo la pena y el miedo del Amigo.
Entonces Él lo vio. Lo tomó sobre su corazón y le empezó a explicar con su preciosa voz serena que lo llenaba de emoción.
-Mira Blanquito, van a venir unos hombres a buscarme, porque me van a matar.
El conejito pensó rápidamente que con sus colmillos iba a hacer una gran cueva, donde esconder al Amigo.
-Leo tus pensamientos, Blanquito, -le dijo el Amigo;- pero es preciso que yo muera. No llores así, tan fuerte, que no podrás oírme y tengo algo importante que decirte.
Curioso y asustado, se calló Blanquito, para oír al Amigo.
-Cuando yo muera, -prosiguió el Amigo, - los niños van a estar muy tristes, porque no saben que al tercer día voy a resucitar.
-¿Qué es resucitar?,- pensó con tristeza el conejito.
-Resucitar - dijo el amigo – es estar vivo nuevamente.
Entonces, al conejito le dieron ganas de reír de pura felicidad.
Decía Él, que era necesario que muriera, pero si iba de nuevo a vivir, ya no importaba tanto.
-Yo quiero que resucite “al tiro”,- pensó el conejito. Así los niños se alegrarán mañana al verle…
-¿Cómo voy a saber que es el tercer día?- pensó – porque los conejitos no van a la escuela, no saben contar.
El amigo leyó su pensamiento, y le dijo:
-Cuando yo muera, y se ponga el sol, va a ser una oreja. Al otro día, cuando se ponga sol, va a ser la otra oreja. Y el que venga después, va a ser la cola. Ése va a ser el tercer día; entonces, voy a resucitar y tú serás el encargado de decirles a los niños.
-Pero si yo no sé hablar- pensó Blanquito.
-Escucha, Blanquito, el día de mi resurrección, tú vas a poner huevos de chocolate para los niños, al pié de los olivos.
Se rió Blanquito, pensando que el Amigo no sabía que los conejos no saben poner huevos como las gallinas. Pero más tranquilo, con la esperanza de la resurrección, se fue a dormir a la cueva.
Al otro día temprano, vio que en el cerro frente suyo, se elevaban tres cruces de madera, que antes no estaban.
Hubiera querido ir a mirar, era tan curioso, pero había mucha gente, y las personas grandes lo asustaban.
Más tarde, cuando casi todos hubieron bajado, se atrevió Blanquito a correr al otro cerro.
En la cruz del medio, estaba elevado y amarrado el Amigo. Debajo, una mujer tan hermosa como Él, lloraba acompañada de otras mujeres y de un muchacho, a quien Blanquito había visto con el Amigo. Entonces cuando Blanquito creyó que no podía soportar tanta pena, la tierra tembló y el sol empezó a oscurecerse.
-Una oreja –pensó Blanquito, acordándose de las palabras del amigo.
El otro día fue muy triste en el cerro, pues los niños no vinieron a jugar. Cuando el sol se estaba escondiendo, el conejito que no hacía otra cosa que pensar en el Amigo, dijo:
-Otra oreja –y se fue a acostar.
Despertó tempranito, con nuevas energías. Limpió la cueva y se estaba desayunando con aceitunas caídas, cuando sintió gran alboroto en el bajo. Se acercó corriendo a investigar lo sucedido. Era la mujer hermosa y las otras mujeres. Ahora sus caras resplandecían de felicidad y decían: - ¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado!
-La cola –pensó el conejito. Y se sentó al pie de un árbol, para resistir a tanta alegría. Se tuvo que levantar inmediatamente, porque algo le incomodaba… era un precioso huevo. Se fue a sentar al pie de otro árbol. De nuevo la incomodidad… ¡Otro delicioso huevo de chocolate!
-La cola – pensó.
El conejito comprendió lo sucedido. Había pasado una oreja, otra oreja y la cola; eso eran tres días, y el Amigo había resucitado. Y era él mismo, Blanquito, quien estaba poniendo esos huevos de chocolate. Entonces se apuró. Corrió al pie de un árbol y se sentó. Puso un huevo. Corrió a otro árbol. Otro huevo. Y así de árbol en árbol, fue depositando exquisitos huevos de chocolate, por todo el monte.
Pronto llegaron los niños a jugar. Uno gritó: ¡Ha resucitado! Y era que había encontrado un lindo huevo de chocolate. Después otro gritó: ¡Ha resucitado! Y todos ¡Ha resucitado! –porque cada niño había encontrado un huevo de chocolate. 
 


domingo, 2 de agosto de 2020

Las conejitas que no sabían respetar.


Cuento para niños sobre el respeto
Había una vez un conejo que se llamaba Serapio. Él vivía en lo más alto de una montaña con sus nietas Serafina y Séfora. Serapio era un conejo bueno y muy respetuoso con todos los animales de la montaña y por ello lo apreciaban mucho. Pero sus nietas eran diferentes: no sabían lo que era el respeto a los demás.
Serapio siempre pedía disculpas por lo que ellas hacían. Cada vez que ellas salían a pasear, Serafina se burlaba: 'Pero mira que fea está esa oveja. Y mira la nariz del toro'. 'Sí, mira qué feos son', respondía Séfora delante de los otros animalitos. Y así se la pasaban molestando a los demás, todos los días.
Un día, cansado el abuelo de la mala conducta de sus nietas (que por más que les enseñaba, no se corregían), se le ocurrió algo para hacerlas entender y les dijo: 'Vamos a practicar un juego en donde cada una tendrá un cuaderno. En él escribirán la palabra disculpas, cada vez que le falten el respeto a alguien. Ganará la que escriba menos esa palabra'.
'Está bien abuelo, juguemos', respondieron al mismo tiempo. Cuando Séfora le faltaba el respeto a alguien, Serafina le hacía acordar del juego y hacía que escriba en su cuaderno la palabra disculpas (porque así Séfora tendría más palabras y perdería el juego).
Cuento infantil protagonizado por conejitos
De igual forma Séfora le hacía acordar a Serafina cuando le faltaba el respeto a alguien. Pasaron los días y hartas de escribir, las dos se pusieron a conversar: '¿No sería mejor que ya no le faltemos el respeto a la gente? Así ya no sería necesario pedir disculpas'.
Llegó el momento en que Serapio tuvo que felicitar a ambas porque ya no tenían quejas de los vecinos. Les pidió a las conejitas que borraran poco a poco todo lo escrito hasta que sus cuadernos quedaran como nuevos.
Las conejitas se sintieron muy tristes porque vieron que era imposible que las hojas del cuaderno quedaran como antes. Se lo contaron al abuelo y él les dijo: 'Del mismo modo queda el corazón de una persona a la que le faltamos el respeto. Queda marcado y por más que pidamos disculpas, las huellas no se borran por completo. Por eso recuerden debemos respetar a los demás así como nos gustaría que nos respeten a nosotros'.
Cuento enviado por Decxy Araque, Venezuela

martes, 1 de octubre de 2019

El conejito soñador

Había una vez un conejito soñador que vivía en una casita en medio del bosque, rodeado de libros y fantasía, pero no tenía amigos. Todos le habían dado de lado porque se pasaba el día contando historias imaginarias sobre hazañas caballerescas, aventuras submarinas y expediciones extraterrestres. Siempre estaba inventando aventuras como si las hubiera vivido de verdad, hasta que sus amigos se cansaron de escucharle y acabó quedándose solo.

Al principio el conejito se sintió muy triste y empezó a pensar que sus historias eran muy aburridas y por eso nadie las quería escuchar. Pero pese a eso continuó escribiendo. 
El conejito soñador
Las historias del conejito eran increíbles y le permitían vivir todo tipo de aventuras. Se imaginaba vestido de caballero salvando a inocentes princesas o sintiendo el frío del mar sobre su traje de buzo mientras exploraba las profundidades del océano.

Se pasaba el día escribiendo historias y dibujando los lugares que imaginaba. De vez en cuando, salía al bosque a leer en voz alta, por si alguien estaba interesado en compartir sus relatos.

Un día, mientras el conejito soñador leía entusiasmado su último relato, apareció por allí una hermosa conejita que parecía perdida. Pero nuestro amigo estaba tan entregado a la interpretación de sus propios cuentos que ni se enteró de que alguien lo escuchaba. Cuando acabó, la conejita le aplaudió con entusiasmo.

-Vaya, no sabía que tenía público- dijo el conejito soñador a la recién llegada -. ¿Te ha gustado mi historia?
-Ha sido muy emocionante -respondió ella-. ¿Sabes más historias?
-¡Claro!- dijo emocionado el conejito -. Yo mismo las escribo.
- ¿De verdad? ¿Y son todas tan apasionantes?
- ¿Tu crees que son apasionantes? Todo el mundo dice que son aburridísimas… 
- Pues eso no es cierto, a mi me ha gustado mucho. Ojalá yo supiera saber escribir historias como la tuya pero no se...

El conejito se dio cuenta de que la conejita se había puesto de repente muy triste así que se acercó y, pasándole la patita por encima del hombro, le dijo con dulzura:
- Yo puedo enseñarte si quieres a escribirlas. Seguro que aprendes muy rápido
- ¿Sí? ¿Me lo dices en serio?
- ¡Claro que sí! ¡Hasta podríamos escribirlas juntos!
- ¡Genial! Estoy deseando explorar esos lugares, viajar a esos mundos y conocer a todos esos villanos y malandrines -dijo la conejita-

Los conejitos se hicieron muy amigos y compartieron juegos y escribieron cientos de libros que leyeron a niños de todo el mundo. 

Sus historias jamás contadas y peripecias se hicieron muy famosas y el conejito no volvió jamás a sentirse solo ni tampoco a dudar de sus historias.

viernes, 26 de julio de 2019

Pulgarcito

 Cuento Pulgarcito

Había una vez una pareja de campesinos que deseaba tener hijos. Todas las noches, sentados junto al hogar, conversaban entre ellos:
¡Qué triste es esta casa sin niños correteando!–  decía el hombre
¡Cuánto silencio, mientras en las otras casas todo es alegría!– respondía la mujer
Sucedió al fin, que después de tanta espera y tantas plegarias, la mujer dió a luz a un niño, bellísimo y perfecto, pero pequeñito como un dedo pulgar.
A los padres no les importó. Lo amaban con todo el corazón, y en razón de su tamaño, le llamaron Pulgarcito.
Los campesinos lo alimentaban lo mejor que podían, pero el niño no crecía. Pasaron algunos años,  pero el pequeñín seguía siendo tan alto como un pulgar. A pesar de ello, era un niño muy listo, era capaz de conseguir lo que se proponía gracias a su astucia, más allá de su tamaño.
Cuento Pulgarcito
Un día su padre debía ir al mercado del pueblo para vender algunas  gallinas y hortalizas. No podía llevar las gallinas y los vegetales de una sola vez, por lo que tendría que hacer dos fatigosos viajes. En eso estaba pensando cuando dijo para sí, hablando en voz baja:
¡Ojalá tuviera alguien que me pudiera llevar el carro con las gallinas más tarde!
Pulgarcito lo escuchó y quiso ayudar a su padre:
¡No te preocupes papá! Yo te llevaré el carro a la hora que tú me digas
El campesino, riendo, le respondió:
Eres demasiado pequeño para llevar las riendas, ¡nunca lo lograrías!
Pero el niño estaba muy seguro de sí mismo, y le dijo al hombre que si su madre le ayudaba a enganchar las riendas, él se subiría a la oreja del caballo y lo conduciría al pueblo sin problemas. El campesino pensó que con probar no perderían nada, y aceptó.

De camino al pueblo

A la hora establecida, la madre enganchó el caballo al carro y Pulgarcito se sentó en la oreja del animal. Desde allí le iba dando órdenes: «¡Arre! ¡Soo!». Todo iba según los planes del pequeño, hasta que con el carro cogió el camino que atravesaba el bosque. Allí se topó con dos forasteros, que sorprendidos, vieron pasar un carro y escucharon la voz del carretero, pero no lograron verlo por ninguna parte.
¡Aquí sucede algo extraño! Vamos a seguir al carro a ver si lo descubrimos– dijo uno de los forasteros.
Finalmente el carro llegó al mercado, y cuando Pulgarcito vio a su padre le gritó:
-¡Papá estoy aquí, ayúdame a bajar!
El campesino acercó su mano a la oreja del caballo, y el niño saltó en ella. Al verlo, los forasteros no podían dar crédito a sus ojos. Pensaron que podrían hacerse ricos exhibiendo al niño en miniatura de ciudad en ciudad, y se dirijieron al campesino para hacerle una oferta:
Campesino, véndenos al hombrecito, lo trataremos bien– le dijeron
Es la luz de nuestros ojos, ¡no lo daría ni por todo el oro del mundo!- les respondió
Pero el niño, que había escuchado toda la conversación, se encaramó hasta el hombro de su padre y le susurró al oído:
Acepta papá, necesitamos el dinero y yo lograré volver muy pronto.
Entonces el hombre, sabiendo que su hijo era muy capaz de arreglárselas para regresar a casa cuanto antes, y apremiado por las necesidades que pasaba la familia, aceptó la moneda de oro que lo ofrecieron los forasteros y los vió alejarse con Pulgarcito.

Pulgarcito y los ladrones

Después de mucho andar  se hizo de noche, y Pulgarcito pidió a los forasteros que lo bajaran al suelo para poder hacer sus necesidades. El hombre que lo llevaba en el hombro así lo hizo, dejándole al borde del camino, donde se extendía un campo.
El pequeño se adentró un poquito en el campo y, ni lento ni perezoso, se escondió dentro de una madriguera de liebres. «Adiós caballeros, podéis seguir sin mí«, les gritó desde adentro a los forasteros, burlándose. los hombres quisieron meter sus manos en el agujero para sacarlo, pero fue en vano; al final, después de horas de hacer intentos fallidos, se dieron por vencidos y se alejaron por el camino. Pulgarcito decidió esperar dentro de la madriguera a que clareara el día, para volver a casa.
Al poco rato, escuchó las voces de unos hombres que pasaban por el camino. Hablaban de cómo podrían hacer para quedarse con el dinero y la plata de un cura. Pulgarcito pensó que podía aprovechar la oportunidad para volver con algo de dinero a casa.
¡Yo os diré cómo hacer!– les gritó
Los ladrones no entendían de dónde provenía aquella voz que les llamaba, hasta que finalmente vieron a Pulgarcito entre las hierbas.
-¿Tú vas a ayudarnos? Si eres poco más grande que un microbio- rieron los hombres.
Justamente por ello os puedo ayudar. Me meteré sin ser visto en el cuarto del cura, y os pasaré por la ventana todo lo que queráis.
Los ladrones aceptaron y lo llevaron hasta la casa del cura. Pulgarcito se metió en el interior del cuarto, y gritó con todas sus fuerzas:
¿Queréis llevaros todo lo que hay aquí?
Los hombres le dijeron que bajara la voz porque podría despertar a alguien, pero el niño siguió gritando como si no les hubiese oído:
Entonces, ¿vais a llevaros todo lo que hay en la casa?
La cocinera de la casa oyó los gritos, y se escondió para ver qué estaba sucediendo. Los hombres, temerosos de que alguien los descubriera, insistieron:
Vamos niño, deja ya de jugar y pásanos algo
Enseguida- dijo Pulgarcito- ¡solo tenéis que alargar las manos!
La cocinera, que había oído todo, salió corriendo hacia la puerta al grito de «¡ladrones, ladrones!». Los malhechores salieron corriendo despaboridos, y Pulgarcito aprovechó la confusión para escapar y meterse en el establo de la casa.

Pulgarcito y la vaca

El pequeño buscaba un lugar donde dormir hasta que amaneciese, para poder regresar a su casa. Se acomodó sobre una montaña de heno y se quedó dormido. Al alba, la criada se dirigió al establo para alimentar al ganado. Con la horca cogió una gran cantidad de heno, con tan mala suerte que escogió justamente el montón en el que estaba durmiendo Pulgarcito.
El pobre muchachito se despertó de su pesado sueño cuando ya estaba en la boca de la vaca. La vaca tragó el heno, y con él a Pulgarcito. El pequeño se encontró en el oscuro estómago de la vaca, rodeado de hierba y con cada vez menos espacio para moverse, ya que la vaca seguía comiendo. Llegó un momento en que, realmente asustado, comenzó a gritar con todas sus fuerzas:
¡Basta de forraje por favor!
La criada, al oír este grito desesperado, y sin ver a nadie a su alrededor, salió corriendo asustada hasta la casa gritando:
¡Señor párroco, la vaca habla!
¿Estás loca mujer?- le respondió el cura, pensando que su criada había perdido la razón. Pero como la mujer no dejaba de gritar, la acompañó al establo para ver qué ocurría. Cuando oyó que alguien se acercaba, Pulgarcito volvió a gritar:
¡Basta de forraje por favor!
El cura pensó que un mal espíritu había poseído al animal, y ordenó que la mataran. Así se hizo, y el estómago de la vaca, en el que estaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado a la basura.

Pulgarcito y el lobo

Con mucho trabajo, Pulgarcito logró abrirse paso hasta el exterior, con tan mala suerte que justo en el momento de asomar la cabeza, vió a un lobo hambriento que se tragó el estómago -y a Pulgarcito- de un solo bocado. El pequeñín no se desanimó. «Tal vez pueda hacer razonar a este lobo«, pensó. Entonces, desde su panza, le dijo:
Señor lobo, yo podría llevarle a un lugar donde podrás comer hasta hartarte. En la despensa de esta casa hay embutidos y tocino al por mayor… podrá comer hasta hartarse.
¿Y dónde es ese lugar?– preguntó el lobo.
Pulgarcito le explicó como llegar hasta su propia casa. Sabía que sus padres tenían en la despensa todos los embutidos que preparaban para vender en el mercado. Llegados a la casa, hizo entrar al lobo por una pequeña ventanita en la despensa, donde comió hasta hartarse. Tanto había comido, que ya no pasaba por la ventanita para poder salir. Este había sido el plan de Pulgarcito desde el principio, que se puso a gritar con todas sus fuerzas. El lobo intentaba callarle, ¿pero cómo podría callar a su propia tripa?
Con tanto alboroto, los padres de Pulgarcito despertaron, y al ver por una rendija que había un lobo en la despensa, corrieron a armarse de hacha y hoz. El padre del niño le dijo a su mujer que se quedara detrás de él preparada con la hoz, pero Pulgarcito escuchó su voz y comenzó a gritar:
¡Papá soy yo, estoy en la panza del lobo!
Loco de felicidad pero preocupado por el destino de su hijo, el campesino le dio un hachazo en la cabeza al lobo, que cayó muerto al instante. Con una tijeras, padre y madre abrieron la barriga del animal y rescataron a su hijito.
-¡Hijo qué angustia hemos pasado! ¡Nunca más permitiremos que te alejes de nosotros por ningún motivo!
No os preocupéis, he tenido demasiadas aventuras y muy peligrosas; desde hoy me quedaré siempre con vosotros- dijo Pulgarcito
Y acariciando y besando a su querido hijo, los padres le llevaron a casa, le dieron de comer y beber, y lo acompañaron a descansar finalmente en su camita, después de tantas y tan peligrosas aventuras.
Pequeocio.com

domingo, 16 de junio de 2019

Los dos gemelos y la caja mágica

Érase una vez dos hermanos gemelos que se llamaban Juanito y Miguelito. Tenían el mismo color de pelo, los mismos ojos y la misma sonrisa. Además su madre siempre los vestía igual. Pero había algo que los diferenciaba: uno era más travieso que otro. Juanito siempre hacía rabiar a Miguelito hasta que lo hacía llorar.

En vacaciones fueron a visitar a sus abuelos. Ellos vivían en una casa en mitad del bosque donde había muchos árboles y sitios para jugar. Un día, mientras corrían al lado del río, Juanito hacía rabiar a su hermano continuamente así que al final Miguelito decidió esconderse en una casita de madera que encontró por el camino.

Se quedó allí un rato esperando a que Juanito lo dejara tranquilo cuando, de repente, encontró una caja que brillaba mucho. Era una caja preciosa, bastante pequeña y pintada con muchos dibujos antiguos. Miguelito se acercó a la caja y la miró detenidamente hasta que la cogió y la abrió muy despacio. Al abrir la caja, una voz muy dulce le dijo:
- Soy la caja mágica de los deseos. Puedes pedirme todo lo que quieras pero has de ser bueno y no ser egoísta, sino me iré apagando poco a poco hasta no poder hacer realidad los deseos de ningún otro niño nunca jamás.
Miguelito soltó la caja porque se asustó mucho al oír aquella voz, pero rápidamente se acercó de nuevo y volvió a abrirla.
- Pídeme un deseo y te lo concederé, pero piénsalo bien porque tiene que ser un deseo importante - dijo la caja. 

Miguelito cerró la caja y la guardó en su mochila. Cuando llegó a casa de sus abuelos la escondió debajo de la cama sin darse cuenta de que su hermano Juanito, estaba espiándole desde la ventana.

Cuando Miguelito salió de la habitación, Juanito fue a buscar lo que su hermano había escondido y se encontró con aquella preciosa caja. Cuando la abrió, la caja le dijo:
- Soy la caja mágica de los deseos. Puedes pedirme todo lo que quieras pero has de ser bueno y no ser egoísta, sino me iré apagando poco a poco hasta no poder hacer realidad los deseos de ningún otro niño nunca jamás.

Juanito, rápidamente, pidió a la caja que aquella habitación se llenase de golosinas para él sólo y la caja le concedió el deseo.
Empezó a comer y comer hasta que llegó su hermano Miguelito. Éste vio todas aquellas chucherías y pidió a Juanito que le dejara comer alguna, pero su hermano le dijo que todas eran para él porque así se lo había pedido a la caja mágica.

Miguelito se enfadó mucho porque su hermano le había quitado la caja y porque además estaba siendo egoísta al no querer compartir con él ninguna golosina. Tenía miedo de que la caja se enfadara así que fue corriendo a abrirla y fue cuando vio que la cajita ya no brillaba tanto.

Los dos gemelos y la caja mágicaMiguelito había pensado su deseo, así que cuando la cajita le habló, le dijo:
- Cajita mágica, me encantaría que me ayudases a hacer que mi hermano se portase mejor conmigo, con mis papás y con nuestros amigos y que no fuera tan egoísta.

La caja le concedió el deseo y, por sorpresa, todas aquellas golosinas de la habitación desaparecieron. Juanito se sorprendió mucho, pero algo había cambiado. En vez de enfadarse con Miguelito, se acercó a él y dándole un abrazo fuerte le pidió perdón por haberse portado mal con él.

Miguelito estaba muy feliz, porque la caja mágica había cumplido su deseo. Ahora su hermano Juanito se portaba muy bien con todos y jugaba con él sin hacerle rabiar.

Los dos hermanos guardaron la caja mágica y siguieron pidiéndole deseos. Siempre pedían juntos buenos deseos para su familia y sus amigos y la preciosa caja mágica nunca dejaba de brillar.


PARA MI NIETO ERIC CON CARIÑO

Un acto de magia

Bambi y Tambor

Bambi y Tambor

¡Hola amigo y amiga! :


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Números y colores con letra...

tabla del 2 en inglés

Tabla del 3 en inglés

TABLA DEL 4 EN INGLÉS

TABLA DEL 6 EN INGLÉS

Tabla del 8 en inglés

Encierra al gato

Ve cliqueando los círculos más claros, que se pondrán más oscuros. • El objetivo es cercar al gato y no dejarlo salir. Para empezar, hacer click en cualquier lugar del dibujo de abajo ¡ Buena suerte y mucha atención!

"EL TESORO DEL SABER"

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